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Esperamos próximamente poder comprobar cuáles son los logros de Björk y su equipo en el campo de las aplicaciones interactivas, más allá de su indudable talento para encontrar nuevas formas de vaciar las carteras de sus fans una vez exprimidos los límites de las reediciones, las compilaciones, los box-set y la madre que lo parió. Pero eso es objeto de otro debate y hoy nos limitaremos a hablar de música. El rumbo perdido tras ‘Vespertine’ (que pese a ser uno de nuestros discos de la pasada década, sigue sin convencer a muchos) con las coartadas de experimentación vocal, en el caso de ‘Medúlla’, y la excesiva y un punto freak, en el caso de ‘Volta’, tiene en ‘Biophilia’ continuidad con el minimalismo musical y la inspiración de los fenómenos físicos de la naturaleza como leitmotiv.
Björk ha compuesto cada canción de ‘Biophilia’ como una expresión de fenómenos tan complejos como los ciclos lunares (‘Moon’), la estructura atómica del cristal (‘Crystalline’), el movimiento de las placas tectónicas (‘Mutual Core’), el ADN (‘Hollow’), la música de las esferas (‘Cosmogony’) o los relámpagos (‘Thunderbolt’). Y a su vez, cada una de esas canciones explora un determinado elemento musical, como las secuencias, los arpeggios, la notación musical o la armonía. Para culminar, la islandesa ha grabado casi todas las bases con un iPad y además se ha preocupado por utilizar como instrumentos únicamente cosas como una bobina de Tesla, péndulos o una gamelesta (una invención mitad gamelan, mitad celesta). Todo es tan sesudo y rebuscado que casi da pavor hacerle frente. Así que uno piensa que es mejor tratar de disfrutarlo sin pensar demasiado en ello.
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El octavo álbum de estudio de Björk es un notable desafío a la paciencia del oyente. Canciones como ‘Moon‘, con sus hipnóticas oleadas de arpas, la aparentemente caótica ‘Thunderbolt’ y, sobre todo, el hermético dúo formado por la lúgubre ‘Dark Matter’ y la desquiciada estructura de ‘Hollow’ se muestran inicialmente inaccesibles, sin el más mínimo guiño de amabilidad. Afortunadamente, una muy acertada secuenciación convierten a ‘Crystalline’ y ‘Mutual Core’ (casualmente o no, ambas cuentan con chisporroteantes breakbeats de los británicos 16bit) en reveladoras piezas clave que empujan a descifrar la belleza que albergan el cautivador sonido del sharpsichord en ‘Sacrifice’, los enrevesados arreglos percusivos de ‘Virus‘ (en los que participa Pablo Díaz-Reixa, El Guincho), la desbordante emotividad de ‘Cosmogony‘ y, en último caso, incluso los cortes mencionados al inicio del párrafo acaban mostrando su valor.
En su densidad y esa complejidad conceptual contrapuesta a su ejecución mínima, uno termina por reencontrarse aquí y allá con elementos que parecen recuperados de cada uno de sus discos previos, lo cual otorga a ‘Biophilia’ un valioso carácter sumarial, casi un compendio o la consecuencia de toda su carrera en solitario. Puedo comprender a quien diga que este disco es un bodrio, porque el desprecio por lo convencional del que Björk hace gala aquí lo convierte en una de sus obras más difíciles y desafiantes. Pero eso también lo convierte en un disco valiente y de largo recorrido, que nos devuelve a la artista audaz e inquieta que un día fascinó al mundo. --Jenesaispop
bufferin..→
1 comentario:
Siempre ha exhibido un gran desprecio hacia lo convencional, es cierto, y para escucharla tienes que estar en el biorritmo adecuado.
No me cabe duda que ahí dentro hay mucho talento.
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